16 de junio de 2012
Es más fácil y accesible apuntarse a correr en un municipio
relativamente cercano al tuyo, pues el desplazamiento a día de hoy se paga con
creces. No había estado nunca en los barrios situados al oeste de la trama
urbana de la Mislata, en la zona de Almassil, y me animé a buscar por internet
un área de fácil posibilidad de aparcamiento del coche. Sencillo, sin mucha complicación,
una explanada junto a la autovía, bajo un eucalipto que arrojaba una sombra
agradable bajo aquella calurosa tarde de mediados de junio.
Hoy me acompaña mi chica, y es algo que siempre agradezco
porque me añade moral antes de ponerme a trotar por ahí. Me pregunta dónde es
la salida y le indico que se efectúa en medio de una plaza enorme, yerma, donde
la vegetación se limita a los arboles perimetrales de las calles que la
confinan y algún que otro pequeño ejemplar verde que se planta en un pequeño
parterre. Por lo demás, explanada de cemento, fría y dura como muchas de las
plazas modernas ultimamente realizadas en los municipios españoles.
La salida se marca con un arco hinchable de los de toda la
vida, con la publicidad de la bebida de cola de toda la vida y con la musiquita
de animación de toda la vida. Lo que no es de toda la vida era la poca
afluencia de gente que iba a haber en el día de la carrera. Desolador. Una
plaza que puede contener a veinte mil personas apenas iba a albergar a ciento
cincuenta corredores. ¡Qué desangelado iba a ser aquello!
En fin, tomo mi dorsal, el número 46, pintado con rotulador
y seguidamente me hago unas fotos con Laura y nos dirigimos a la sombra más próxima,
a esperar que llegasen mis padres, que también iban a ver mi cara de
sufrimiento al llegar a meta. De hecho hay una foto de ello y mi semblante es
todo un poema a la llegada. Luego hablaré de eso.
Caliento y observo el grupo que va correr. Como siempre, hay
de todo: atletas, aficionados y participantes casuales, aunque muy pocos en comparación
con otros eventos, y más cuando vienes de correr una de casi mil quinientos individuos!
Se ejecuta la salida y lo primero que debemos recorrer es la
misma plaza yerma y desangelada y seguidamente ya trotaremos por el municipio. En
concreto por los parques de Mislata, que no están nada mal para pasar una
tarde. Un corredor de raza negra se pone en cabeza y a los trescientos metros
comienza a dejarnos a todos los participantes atrás, atrás, demasiado... nadie le
responde, no tiene rival. Son de otra pasta, ciertamente. De repente se hacen 4
colectivos muy curiosos: el atleta africano, los “cracks”, yo mismo y el resto
de inscritos. Esa posición mía como me define? Ni soy crack, obviamente, ni soy
del grupo de atrás... creo que algo evoluciona favorablemente en mi
entrenamiento, pero no lo suficiente como para alcanzar a la élite. Luego soy
consciente de que realmente a fin de cuentas hay “cracks” que se descuelgan del
grupo inicial que no eran tan hábiles, e individuos del grupo de atrás que
tampoco son tan malos. Adelanto y soy adelantado, lo habitual.
Llevo una buena cadencia de zancada para lo que suele ser
corriente en mí y hago el primero de los seis kilómetros en 4 minutos y 15
segundos, pero a partir de ahí el intervalo aumenta a 4'25'', 4'40''... etc.
Tengo el conocimiento de que con el calor que hace a mediados de junio no voy a
rebajar la marca que hice en la carrera nocturna de Benimamet: aquellos 29
minutos y cincuenta segundos en una carrera de 6km como la que estaba disputando.
La carencia de participantes es de tal índole que a veces
corro solo, como si estuviera entrenando por la tarde en el parque. La gente
sentada en los bancos comenta de vez en cuando que por allí viene otro, que
somos pocos, que vamos muy separados... Los críos se cruzan por el camino de
vez en cuando y temo lastimar a alguno. Bendito sea el que me disparo agua con
su pistola en el parque de la Canaleta. Vino de perlas, gracias por tu
travesura que hizo refrescarme levemente.
Mi cadencia de zancada en el ecuador de la carrera es buena,
pero comienza a flojear. Alcanzo a una muchacha joven, de menos de catorce
años. Viste una equipación de atleta, dos prendas, muy elitista ella. Admiro
que la juventud se anime a realizar deportes como el atletismo y no sea todo fútbol
o baloncesto. Desde ese momento, la muchacha situada a unos diez metros delante
de mí seria mi referencia de zancada. Aquella chica tenía bastante resistencia
y marcaba bien los pasos, se hacia complicado recortarle metros. Una otra joven,
miembro de la organización de la carrera la animaba, que era la primera chica y
que debía dejar el pabellón alto. Me pareció que aquellas palabras fomentaban
el coraje de aquella atleta que se impulsó ligeramente en el dichoso tramo de
camino de grava por las traseras del zoológico del Parc de Capçalera. Me dolían
los tobillos y era consciente de que comenzaba a sufrir un bajón considerable. Aquello
no era ni mucho menos parecido a la frescura de la noche de Benimamet. Si perdía
la referencia de zancada de aquella corredora me vendría abajo y trotaría a
bajo ritmo. Aun se podía mejorar la marca que obtuve en el velódromo aquella
noche, pero creo que conseguir 27 minutos que me había puesto de objetivo unos días
antes era una tarea titánica.
Subimos una cuesta de unos treinta metros, endiablada y
justiciera. De las que marcan quién está fuerte y quien no lo es aquella tarde.
Saco algo de energía de dentro, ese empujón mental que se da uno mismo para
conseguir algo que ves que vas a perder. Obviamente la psicología entra mucho
en juego en la competición, y también en estas carreras de aficionados al
mundillo del running. Volvemos a introducirnos a las estrechas arterias del núcleo
urbano de Mislata, sombreadas por la opacidad sus fachadas populares ante el
sol de poniente. La chica comienza a escaparse, a ganar ciertos metros respecto
de mi posición. La veo a unos cincuenta metros, sola, girando a la derecha en
una calle que no era la correcta en el itinerario. ¡Pobrecilla, estamos como
para hacer metros de mas! Menos mal que un
organizador de la carrera le advierte y la muchacha rectifica, con el semblante
cansado y frustrado por la equivocación y las dos docenas de metros recorridos
en balde. Aun así continua a unos cuantos pasos de mi y prosigue en su tarea de
dejarme atrás en los quinientos metros restantes.
Llegamos de nuevo a nuestra
querida plaza, en la cual me planto prácticamente sólo, sin la compañía de algún
corredor. La foto que me deberían hacer tiene que ser divina, sólo yo, el
hombre contra en cansancio, el corredor contra la adversidad del calor. Al final
la verdad es que solo es una imagen de un participante con la cara decrépita a
causa del cansancio acumulado tras el último paso por la plaza de cemento antes
de entrar a meta.
Si existe alguna imagen que demuestre la mala expresión de
cara al entrar en meta, esa era la mía. Y siempre he deseado llegar alegre y
sonriente si llego solo. Pues no, aquel día tocaba parecer el hermano feo del
feo de los Calatrava.
Y por fin, miro mi reloj y voilà: he rebajado un minuto la
marca de la carrera de Benimàmet. Justos 28 minutos y 50 segundos. Ni a propósito!
Ahora a por el avituallamiento y los regalos, que por eso he
pagado un par de euros... una bebida isotónica, gracias, publicidad de otras
carreras, bueno…gracias, y una bolsa que llevará la camiseta, seguro... ¡pues
no! Nada de gracias por la visera de la caja rural hecha de cartón y el vale de
2x1 para descuento en Mcdonalds. Para eso, no entreguéis nada. Pero bueno, es
lo que conlleva una baja participación. y mientras tanto, el atleta africano ha
llegado diez minutos antes que yo, y creo que el si que se va a llevar un buen
premio, y merecido.
Una carrera mas y a descansar unas semanas, que la siguiente
es un 10k, en Alboraia.
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