En esta entrada no voy a escribir acerca de ninguna carrera
o evento en el que participé. Quería utilizar estas líneas para plasmar una
experiencia que tuve con una lesión en la planta del pie durante este verano,
tras la carrera de Aldaia y mientras disfrutaba de unas recompensadas
vacaciones con mi chica por haber terminado mi carrera en la universidad. Fue la
carrera más costosa de todas las que haré en mi vida, cierto, y eso daría para rellenar
muchas entradas en otro blog, sinceramente.
Quiero centrarme en aquella
sensación difícil de comprender si no has pasado en anterioridad por ese amargo
trago. Mucha gente me tildará de exagerado, de enfermo del deporte o incluso de
ignorante, cierto, puedo tener un poco de estos tres calificativos que he
expuesto o pueden mis palabras identificarse con mi sentimiento estos últimos
meses.
Escribo desde mi estado de completa recuperación, aunque no debería hablar
de ello como algo definitivo, pues tal y como es la fisionomía de mis pies,
puedo volver a recaer en ello con bastante probabilidad cualquier jornada. En
conclusión, que pasé difíciles semanas y que con el dolor que sufría era de
creer que no iba a correr de nuevo a nivel de competición de aficionados. Lo pensaba
en algunos momentos, pasaba por mi cabeza como la triste idea definitiva que
intenta siempre hundirnos con cualquier asunto en esta vida. ¿Y si no puedo
volver a trotar como lo he estado haciendo estos últimos meses? Ahora que me
había aficionado realmente al mundillo del ‘running’; una mala postura de mi
pie, un mal pisotón en un raíl de puerta corredera de terraza o váyanse ustedes
a saber, me produce un dolor intenso en la planta del pie izquierdo. Algo
pasajero, creí yo. En dos días vuelvo, creí yo.
La génesis: todo comienza el día que nací. No os voy a
contar mi vida, solo que cuando llegué a esta vida estaba destinado a tener
pies cavos, con un puente pronunciado, empeine elevado, dedos en forma de
martillo, la puntera más ancha de lo normal… ¡Un monstruo! No, tranquilos, exagero
considerablemente pues no se trata de una anomalía grave. Tengo una morfología
del pie que requiere unos cuidados, en el calzado, en la manera de estirar y
hacer los ejercicios… Digamos que un individuo con pie cavo es la antítesis al
pie plano de toda la vida, aunque creo que yo no me habría librado de hacer la
mili.
Prosigo comentando que de niño he corrido mucho, he jugado a
fútbol por diversión, sin competir y un poco a baloncesto. He destrozado decenas
de zapatillas por patadas a las pelotas, pisotones y demás actividad inherente
de esa edad escolar. Siempre he corrido de puntillas, incluso he caminado de
más enano en esta posición. Sería la manera de afrontar mi pie la tarea.
Entonces no se hablaba tanto como se habla ahora de la moda de los supinadores,
pronadores o neutros que nos ha llegado hasta a los anuncios de la tele. Las
zapatillas para los críos se compran por que son chulas, molan o son Nike.
Me inicio en esto tan interesante de las carreritas a los 22
o 23 años, corriendo en la Volta a peu de
Aldaia en sus ediciones originales, gratuitas y menos vistosas que las de
ahora pero bastante seductoras para introducirse en el mundillo. Utilizaba a
unas zapatillas de deporte convencionales, las típicas de fitness. No recorría muchos kilómetros, a lo sumo 4000 metros o
poco más. Luego estuve un tiempo sin hacer mucha actividad y más adelante
retomé la afición en serio, comprándome calzado para corredores de fondo aunque
de baja gama y calidad.
Aquí entra la síntesis de todo lo expuesto en los dos
párrafos anteriores descritos. La importancia del calzado, la necesidad de unas
buenas zapatillas. Imperativo. Se debe cuidar los pies como nos cuidamos la
vista ante los rayos solares. No es nada recomendable darse paseos de varias
millas con chancletas. Soy detractor de la suela plana desde mi lesión. Lo
manifiesto y quiero recomendar a la gente que elija por encima de las razones
estéticas del calzado una buena amortiguación y estabilidad. El pie debe sufrir
lo menos posible, pues si lo hace se puede desencadenar dolencias en rodillas,
caderas o espalda. Tomé la iniciativa de vestir calzado que respetase mi anatomía
desde que los tendones de mi fascia plantar se mermaron por un mal uso de mis pies
en verano.
Intenté correr una semana después del primer dolor, pues se
aliviaron los síntomas en unos días, pero al dar los primeros pasos de trote
noté una punzada exagerada en la planta del pie izquierdo. Esto no tenía
solución sin asistencia fisioterapéutica, así que mi pareja me recomendó una
profesional bastante curtida en la materia que consiguió en dos semanas
aliviarme del mal. No era una fascitis plantar de milagro, si hubiera
continuado corriendo podría haberse aumentado el dolor. Por ello puedo decir
que tuve suerte. No obstante, decidí después de la terapia no correr en un
tiempo para prevenir. Estuve así unas tres o cuatro semanas. Entretenido
haciendo otros deportes donde el pie no sufría impacto, como bici y spinning,
fui dejando de lado por precaución el trote por el parque. Tenía realmente un
respeto a dar mis primeras zancadas tras la lesión, no obstante un día me
envalentoné y decidí que ya era hora de dejar atrás las excusas; ¡Aquí, o
corremos o nunca sabremos si estamos preparados!
Efectivamente, me volvió a doler la planta del pie. No
mucho, pero lo suficiente como para alarmarme y hacerme sentir como si me
cayera una pesada losa. De esta lesión no me recuperaba ni con los
estiramientos de músculos isquiotibiales que me habían recomendado para alargar
la fibra. Pero seguí corriendo y milagrosamente el dolor remitió levemente. ¿Mi
cuerpo quería fastidiarme emocionalmente o qué? Los siguientes días el dolor
volvía a aparecer ligeramente aunque al calentarse el pie tras el trote se
esfumaba como por arte de magia. Misterios del cuerpo humano.
Para finalizar, no quiero concluir que mi lesión sea ni más
ni menos dura que otras. Las hay muy graves e incomparables con lo que me
sucedió. Con esto pretendo demostrar dos cosas: la necesidad de cuidarse y
prevenir físicamente utilizando buen material deportivo. Llorar luego es duro,
y con esto expongo lo segundo a comentar. Es difícil sobrellevar la abstinencia
deportiva cuando una modalidad te gusta, la practicas por afición y disfrutas
con el mérito de batir tus propias marcas de carrera. Tu humor y estado de
ánimo puede volverse susceptible e irritable y todo ello por que te sientes improductivo
deportivamente hablando. «Creo que voy a ganar peso, que voy a perder la masa
muscular ganada en este tiempo…» Eso debilita el estado emocional.
Se puede interpretar que exagero, pero si alguien que lee lo
que he escrito y que ha sido deportista por afición y disfruta con ello y ha
pasado por algo así, más grave o más leve, se sentirá identificado o al menos
eso creeré.
Cuidaos mucho.

