lunes, 21 de enero de 2013

La desesperación por una lesión:





En esta entrada no voy a escribir acerca de ninguna carrera o evento en el que participé. Quería utilizar estas líneas para plasmar una experiencia que tuve con una lesión en la planta del pie durante este verano, tras la carrera de Aldaia y mientras disfrutaba de unas recompensadas vacaciones con mi chica por haber terminado mi carrera en la universidad. Fue la carrera más costosa de todas las que haré en mi vida, cierto, y eso daría para rellenar muchas entradas en otro blog, sinceramente. 

Quiero centrarme en aquella sensación difícil de comprender si no has pasado en anterioridad por ese amargo trago. Mucha gente me tildará de exagerado, de enfermo del deporte o incluso de ignorante, cierto, puedo tener un poco de estos tres calificativos que he expuesto o pueden mis palabras identificarse con mi sentimiento estos últimos meses. 
Escribo desde mi estado de completa recuperación, aunque no debería hablar de ello como algo definitivo, pues tal y como es la fisionomía de mis pies, puedo volver a recaer en ello con bastante probabilidad cualquier jornada. En conclusión, que pasé difíciles semanas y que con el dolor que sufría era de creer que no iba a correr de nuevo a nivel de competición de aficionados. Lo pensaba en algunos momentos, pasaba por mi cabeza como la triste idea definitiva que intenta siempre hundirnos con cualquier asunto en esta vida. ¿Y si no puedo volver a trotar como lo he estado haciendo estos últimos meses? Ahora que me había aficionado realmente al mundillo del ‘running’; una mala postura de mi pie, un mal pisotón en un raíl de puerta corredera de terraza o váyanse ustedes a saber, me produce un dolor intenso en la planta del pie izquierdo. Algo pasajero, creí yo. En dos días vuelvo, creí yo.

La génesis: todo comienza el día que nací. No os voy a contar mi vida, solo que cuando llegué a esta vida estaba destinado a tener pies cavos, con un puente pronunciado, empeine elevado, dedos en forma de martillo, la puntera más ancha de lo normal… ¡Un monstruo! No, tranquilos, exagero considerablemente pues no se trata de una anomalía grave. Tengo una morfología del pie que requiere unos cuidados, en el calzado, en la manera de estirar y hacer los ejercicios… Digamos que un individuo con pie cavo es la antítesis al pie plano de toda la vida, aunque creo que yo no me habría librado de hacer la mili.

Prosigo comentando que de niño he corrido mucho, he jugado a fútbol por diversión, sin competir y un poco a baloncesto. He destrozado decenas de zapatillas por patadas a las pelotas, pisotones y demás actividad inherente de esa edad escolar. Siempre he corrido de puntillas, incluso he caminado de más enano en esta posición. Sería la manera de afrontar mi pie la tarea. Entonces no se hablaba tanto como se habla ahora de la moda de los supinadores, pronadores o neutros que nos ha llegado hasta a los anuncios de la tele. Las zapatillas para los críos se compran por que son chulas, molan o son Nike.

Me inicio en esto tan interesante de las carreritas a los 22 o 23 años, corriendo en la Volta a peu de Aldaia en sus ediciones originales, gratuitas y menos vistosas que las de ahora pero bastante seductoras para introducirse en el mundillo. Utilizaba a unas zapatillas de deporte convencionales, las típicas de fitness. No recorría muchos kilómetros, a lo sumo 4000 metros o poco más. Luego estuve un tiempo sin hacer mucha actividad y más adelante retomé la afición en serio, comprándome calzado para corredores de fondo aunque de baja gama y calidad.

Aquí entra la síntesis de todo lo expuesto en los dos párrafos anteriores descritos. La importancia del calzado, la necesidad de unas buenas zapatillas. Imperativo. Se debe cuidar los pies como nos cuidamos la vista ante los rayos solares. No es nada recomendable darse paseos de varias millas con chancletas. Soy detractor de la suela plana desde mi lesión. Lo manifiesto y quiero recomendar a la gente que elija por encima de las razones estéticas del calzado una buena amortiguación y estabilidad. El pie debe sufrir lo menos posible, pues si lo hace se puede desencadenar dolencias en rodillas, caderas o espalda. Tomé la iniciativa de vestir calzado que respetase mi anatomía desde que los tendones de mi fascia plantar se mermaron por un mal uso de mis pies en verano.

Intenté correr una semana después del primer dolor, pues se aliviaron los síntomas en unos días, pero al dar los primeros pasos de trote noté una punzada exagerada en la planta del pie izquierdo. Esto no tenía solución sin asistencia fisioterapéutica, así que mi pareja me recomendó una profesional bastante curtida en la materia que consiguió en dos semanas aliviarme del mal. No era una fascitis plantar de milagro, si hubiera continuado corriendo podría haberse aumentado el dolor. Por ello puedo decir que tuve suerte. No obstante, decidí después de la terapia no correr en un tiempo para prevenir. Estuve así unas tres o cuatro semanas. Entretenido haciendo otros deportes donde el pie no sufría impacto, como bici y spinning, fui dejando de lado por precaución el trote por el parque. Tenía realmente un respeto a dar mis primeras zancadas tras la lesión, no obstante un día me envalentoné y decidí que ya era hora de dejar atrás las excusas; ¡Aquí, o corremos o nunca sabremos si estamos preparados!

Efectivamente, me volvió a doler la planta del pie. No mucho, pero lo suficiente como para alarmarme y hacerme sentir como si me cayera una pesada losa. De esta lesión no me recuperaba ni con los estiramientos de músculos isquiotibiales que me habían recomendado para alargar la fibra. Pero seguí corriendo y milagrosamente el dolor remitió levemente. ¿Mi cuerpo quería fastidiarme emocionalmente o qué? Los siguientes días el dolor volvía a aparecer ligeramente aunque al calentarse el pie tras el trote se esfumaba como por arte de magia. Misterios del cuerpo humano.

Para finalizar, no quiero concluir que mi lesión sea ni más ni menos dura que otras. Las hay muy graves e incomparables con lo que me sucedió. Con esto pretendo demostrar dos cosas: la necesidad de cuidarse y prevenir físicamente utilizando buen material deportivo. Llorar luego es duro, y con esto expongo lo segundo a comentar. Es difícil sobrellevar la abstinencia deportiva cuando una modalidad te gusta, la practicas por afición y disfrutas con el mérito de batir tus propias marcas de carrera. Tu humor y estado de ánimo puede volverse susceptible e irritable y todo ello por que te sientes improductivo deportivamente hablando. «Creo que voy a ganar peso, que voy a perder la masa muscular ganada en este tiempo…» Eso debilita el estado emocional.

Se puede interpretar que exagero, pero si alguien que lee lo que he escrito y que ha sido deportista por afición y disfruta con ello y ha pasado por algo así, más grave o más leve, se sentirá identificado o al menos eso creeré.

Cuidaos mucho. 

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